O que el miedo no te acobarde

Tal vez el juego sea una de las actividades que más recordamos y extrañamos de nuestra infancia, si es que no tuvimos la suerte de mantenerlo. Es nuestra primera vía de aprendizaje. Las primeras cosas, las más básicas, las aprendemos jugando: a comer, a caminar, a hablar. Nos equivocamos, y volvemos a comenzar. Nadie se frustra por caerse después del primer paso; sino que se levanta y vuelve a probar. Lo mismo cuando hablamos. Cometemos errores, los más chicos suelen conjugar mal los verbos, especialmente los irregulares, dado que tal vez la lógica sea interna a nuestro pensamiento.

Hace un tiempo atrás, desde la Psicología se comenzó a prestar mayor atención al niño como entidad y no como un mero adulto chiquito. En esta atención apareció el valor del juego y del dibujo en la formación infantil. Aparecieron también trabajos bibliográficos acerca de la importancia y la seriedad del juego.

Si pensamos en la noción de juego, lo asociamos a niñez. Los niños juegan, los adultos reemplazan el juego por el deporte. A lo mejor, algún adulto mantiene el juego, el carácter lúdico, y es visto como infantil, poco maduro. A lo sumo, lo volvíamos a ver en la ancianidad. Abuelos que volvían a jugar con sus nietos; y que generaban comentarios como “increíble verlo jugar con lo serio que era”; o “sólo sus nietos podían hacerlo jugar así”.

Creatividad

Sin embargo, en su trato ambivalente, la creatividad es vista cercana al juego, al niño. “Un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido” dice alguna frase en redes sociales. Podemos ver y comprender el mundo desde la óptica de Mafalda, de Quino; de Calvin y Hobbes, de Bill Waterson; de los ojos de niño de Francesco Tonucci. Francesco Tonucci es conocido como Frato entre muchos docentes, ya que se conoce desde hace tiempo su producción pedagógica en viñetas. Es también un teórico de la pedagogía y creador de la Ciudad de los niños. A principios del siglo XX, Johan Huizinga escribe Homo ludens, donde analiza la realidad del juego y su influencia cultural. La oposición social del juego a lo serio. Lo usamos constantemente, “es sólo un juego”, “estábamos jugando”, queriendo decir “no es nada serio”.

 
El jugador

El concepto de jugador nos remite en primera instancia a dos modelos: el jugador de fútbol, y el jugador de Dostoyevski. Uno gana dinero con el juego, el otro la pierde. Envidiamos a uno y rechazamos o compadecemos al otro. Uno es visto muchas veces como modelo a alcanzar, vivir del juego. Muy cercano a los gamers profesionales. Si pudiésemos vivir de lo que nos gusta, y vivirlo como un juego… A Confucio (Kung Fu Tse, 551-479 a.C.) se atribuye la frase “trabaja en algo que te gusta y no trabajarás ni un solo día de tu vida”. Como si fuese un juego. Sin embargo, decidimos vivir como adultos y asimilar el trabajo al sufrimiento, por eso se nos paga. “Vas a ver que la vida es un juego, y que no importa perder o ganar”, dice el niño Manuel de 9 años a Manuel mismo, en la opereta criolla de Alejandro Dolina Lo que me costó el amor de Laura. Si miramos hacia la antigüedad, no son pocas las menciones del juego entre los griegos; del mismo modo que los juegos de los pueblos americanos precolombinos. En ambos casos, más cercanos a la competencia, pero juegos al fin.

 

Gamificación

Hace un tiempo se habla del juego en niveles educativos. Hay docentes que organizan sus clases en bases a un juego o en modelos lúdicos. Hay cursos e innovaciones en torno a la gamificación. La gamificación es la conversión en juego de las actividades, especialmente áulicas. Consiste en aplicar técnicas lúdicas a las clases. Se puede hacer en las clases propiamente, o en espacios virtuales. Quienes trabajan con aulas virtuales, habrán visto ya extensiones (plugins) en torno a la gamificación. La herramienta más básica consiste en premios, estrellas, insignias, dependiendo de la plataforma utilizada. Asume el gusto humano por mostrar lo que hemos aprendido; así como mostramos cuando avanzamos en un juego en las redes sociales. Es el mismo mecanismo que opera en el marketing de puntos. Tarjetas de crédito, cuentas bancarias, billeteras virtuales, estaciones de servicio; distintos ámbitos que premian el uso de su producto con puntos que luego pueden cambiarse por beneficios. O puntos que nos ubican en un nivel de beneficios, descuentos, etc.

Otros espacios de gamificación más complejos atienden a juegos que desarrollan habilidades, empatía, sociabilidad, colaboracionismo. Juegos que despiertan la necesidad del otro y el aporte que podamos ofrecerle. Hace un tiempo atrás, las mayorías de los trabajos eran más bien competitivos (no es que no siga siéndolo en muchos ámbitos) e individual. La educación también respondía a esa visión social: mejores calificaciones, trofeos, vitrinas de trofeos, competencias, la noción misma de “carrera” superior, los consejos de “no te metás”, etc. Sin embargo, hace un tiempo atrás el horizonte laboral comenzó a cambiar, el trabajo sigue siendo competitivo, pero en espacios colaborativos. Ya no es el individuo solo, sino equipos que afrontan desafíos. Se habla cada vez más de co-working y espacios de trabajo colaborativos. Y la educación acompaña esta perspectiva; y en muchos casos, ya se había adelantado en muchos colegios, aunque el sistema educativo no lo haya acompañado. Especialmente desde el concepto de inclusión, para aquellos que va más allá de la discapacidad y que comprenden la realidad diversa de cada persona. Hannah Arendt hablaba de la acción como espacio político donde importaba la pluralidad, no sólo en cantidad. La pluralidad es cantidad y diversidad. La educación es acción política plural.

 

Hoy, aulas virtuales

Hace un tiempo atrás, un profesor amigo que trabaja con juegos, decía que los adultos nos acostumbramos a no jugar porque nos acostumbramos a “no equivocarnos”. Cuando aprendemos un juego nuevo, lo aprendemos jugando. Se nos explican las reglas, que no podemos recordar todas, y empezamos a jugar. Nadie juega bien en esta primera partida, salvo que nos acompañe la suerte del principiante. Perdemos y no nos frustramos, sino que volvemos a jugar una y otra vez hasta que le “agarramos la mano”. No tenemos vergüenza de preguntar otra vez las reglas, dudas, “¿qué pasa si…?”. Seguimos jugando y nos volvemos expertos, podemos enseñar el juego a otros porque lo entendimos profundamente. Aristóteles distinguía entre experiencia y arte; experiencia es el que repite las cosas sin saber por qué, pero funciona. Arte tiene quien conoce las causas, sabe qué pasa, pero especialmente sabe por qué, por qué funciona.

Este 2020 nos encontró a comienzos del año con un virus que nos obliga, además de a encerrarnos a lo Bird Box, a pensar colaborativamente (“al virus lo frenamos entre todos”) y a pensar virtualmente. Muchos espacios laborales que así lo permiten, afrontaron el teletrabajo como necesidad. Particularmente los docentes pasamos a usar las aulas virtuales, ya no como flipped classroom, o como soporte de nuestras clases, sino como único medio de encuentro educativo. Cotidianamente aparecen tutoriales, espacios, recursos “TIC”, etc. Aunque muchos hayamos hecho cursos, avanzado con herramientas digitales, profundizado en su uso, la situación no deja de ser inédita.

¿Cómo podemos afrontarlo sin enloquecer? Jugando. Es muy seria, la situación, podemos tomarla en juego (que no es lo mismo que tomarlo a broma). ¿Cómo aprenderemos a usar estas herramientas? Usándolas. Una y otra vez. Hasta que le “agarremos la mano”, y nos volvamos expertos. A veces un exceso en nuestra noción de responsabilidad nos hace pensar “¡cómo no lo sabemos!”; y no lo usamos. “Hasta que no lo aprenda a usar yo, no lo aplico”; y no lo aplicamos por nada. Después de evaluar las opciones, ver posibilidades, hay que empezar, usar, corregir. La responsabilidad nos hace evaluar, elegir y corregir la herramienta que usamos, como cuando elegimos un juego, lo explicamos y volvemos a jugar, hasta aprender bien todas las reglas.

“-Profe, no entiendo cómo ingresar al aula”; nosotros tampoco lo entendíamos. ¿Cuántas veces probamos hasta que la entendimos?

“-Profe, le entrego el trabajo por acá, porque a la página no la entiendo”; es responsabilidad, muy bien, ahora a probar la página o lo que usemos. A lo mejor ese espacio nos ofrece más oportunidades que sólo entregar trabajos.

“-Gracias por la paciencia, profe”; es la misma paciencia que tenemos cuando explicamos un juego: “se juega así, ahora dale vos”. Y esperamos, y corregimos.

Estamos aprendiendo cómo aprendemos y cómo enseñamos; jugamos, porque es muy serio jugar. Nos permite aprender en serio y no sólo emparchar la situación. Presencial o virtualmente la pasión es la misma: compartir lo que hemos aprendido. Sin eso, no podemos jugar.

Todo esto no está ni ordenado, ni profundizado. Son ideas en torno a lo que estamos atravesando, pensamientos sin madurar ni ordenar. No es un artículo filosófico.

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